miércoles, 27 de julio de 2016

Mensaje

10° Domingo de Pentecostés – 24 de Julio del 2016

Leer: Oseas 1:2-10 – Colosenses 2:6-15 - Lucas 11:1-13

Hoy vamos a reflexionar sobre la oración y lo vamos a hacer, desde esta oración que Jesús enseñó a sus discípulos, cuando uno de ellos le pidió que les enseñara a orar, como Juan (el bautizador) lo había hecho en su momento.
Lo primero que vamos a señalar antes de entrar en la oración en sí, es lo que dicen los estudiosos del griego respecto de la afirmación de Jesús: “cuando oren, digan” (11:2). Estos sostienen que se utiliza la voz pasiva. En griego la voz activa es la del que realiza una acción, la voz pasiva es la que se utiliza cuando alguien o algo recibe una acción. Pero la voz media tiene que ver como una acción que se realiza para uno mismo. De manera, que el Padrenuetsro que Jesús enseña debe ser de bendición para quienes lo decimos.
Ahora sí, entremos en cada una de las frases de esta oración:
Padre nuestro que estás en los cielos: Aquí es sumamente novedoso que Jesús les proponga utilizar la palabra “padre”. El pueblo judío estaba acostumbrado a utilizar –como nosotros también- expresiones rimbombantes para referirse a Dios: Jehová de los ejércitos, Dios altísimo, Omnipotente Señor, Rey de Reyes, Soberano, etc. Jesús, prefiere utilizar el término “padre”, donde Dios ya no es pensado sólo en los cielos, sino que es traído al ámbito de la propia familia. El padre es quien probé a la familia, es quien protege, es una figura cercana. De esta manera, Dios no sólo está en los cielos, lejos nuestro, sino que está cerca, como un padre, incluso en nuestra cotidianeidad. 
También tenemos que llamar la atención sobre la palabra “nuestro”. Dios no es un Padre sólo para algunos y algunas, es Dios de toda la humanidad. Toda la humanidad tiene un mismo Padre, Dios. Haga lo que haga, viva como viva, piense como piense, Dios es el Padre de toda la humanidad que Él creó.
Santificado sea tu nombre: Santificar el nombre de Dios no tiene sólo que ver con reconocer la santidad de Dios -que la tiene, porque es perfecto- sino que tiene que ver también con santificar a Dios con nuestra propia vida. Es decir, que nuestra vida refleje la santidad del Dios nuestro. Santificamos el nombre de Dios con nuestras palabras, gestos y acciones en todos los lugares y caminos que recorremos a diario.
Venga tu Reino: Cuando decimos esta frase estamos reconociendo que vivimos en un mundo que puede y tiene que ser diferente. Es decir, reconocemos que las formas en las que nos hemos organizado como sociedad, nuestras relaciones interpersonales, familiares, entre pueblos y grupos distintos y con la naturaleza toda, puede y tiene que ser diferente. Entendemos así, que hay otro mundo posible (como afirmó el Foro Social Mundial en Porto Alegre, Brasil en el 2001). Y ese otro mundo es el mundo de Dios, el mundo que Dios quiere instalar en medio nuestro. El mundo de Dios es un mundo de amor y verdad, de justicia y equidad, de paz y esperanza.
Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra: Aquí, en primer lugar, no tenemos que caer en la trampa de pensar que Dios sólo está en los cielos, como ya hemos afirmado. En segundo lugar, llamamos la atención sobre la imagen que nos podemos hacer de esta frase: una especie de Dios déspota que tiene “zumbando” a todos los ángeles de acá para allá y todos lo obedecen respondiendo “si, Señor”. En muchas oportunidades nosotros y nosotras queremos que Dios funcione en la tierra como en esa imagen del cielo. Queremos que haga su voluntad a como dé lugar. En este sentido, pensamos en las guerras, en quienes mueren de hambre, en la contaminación del agua, en cuestiones generales, aunque muchas veces, también, en cuestiones personales como una enfermedad grave, una muerte prematura, etc. En estos casos queremos que Dios haga sí o sí su voluntad y que nosotros no podamos siquiera intervenir. Sin embargo, en otros tantos casos, cuando Dios quiere hacer algo según su voluntad en nuestra propia vida, empezamos a hablar del Dios de amor, del Dios que no obliga a nadie, de la respetuosidad de nuestro Dios, al que terminamos convirtiendo en una especie de John Lenon, con “amor y paz”. Estas son nuestras contradicciones, nuestra falta de criterio y de ecuanimidad a la hora de pensar a Dios.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy: Como dijimos al comienzo de la oración con el “padre nuestro”, ahora decimos lo mismo respecto del pan. El pan que le pedimos a Dios en nuestro. No es de una persona particular. Es un pan para todos y todas. Es un pan que debe alcanzar a toda la humanidad. Un dirigente católico reflexionaba en estos días sobre lo asombroso que le parecía en este texto, que el pan nuestro estaba ligado al Dios nuestro. No es que algunos merecen tener y pan y otros no, todo el mundo debe poder tener su pan, porque es la voluntad de Dios. Por otro lado, en esta frase también se hace evidente la confianza que debemos tener en Dios. No se le pide el pan para el mes o el año entero, como pediríamos nosotros. Se le pide el pan para el día, y mañana habrá que volver a pedir. Cada día clamo al Dios que se que busca proveerme.
Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben: Hemos entendido muchas veces -y a modo de confesión personal, he enseñado en más de una oportunidad- que Dios nos perdona como nosotros y nosotras perdonamos a los demás. En esta idea pareciera que el perdón de Dios será una recompensa por nuestro perdón. De alguna manera, pareciera haber un grado de intercambio. Es decir, como yo perdono tanto, Dios me perdonará tanto. El peligro de esta interpretación es perdonar sólo porque se quiere obtener el perdón de Dios. Ese no sería un perdón auténtico, sino un perdón interesado. Es más, en esta idea el perdón de Dios se debe limitar a nuestra capacidad de perdón.
Considero que Dios nos ama y nos perdona siempre, y en todo caso, nuestro perdón debe ser la consecuencia del amor y el perdón de Dios por nosotros. No al contrario. En la cruz vemos y se hace evidente el amor y el perdón de Dios por nosotros y nosotras.
Y no nos metas en tentación: ¿Cuál será esta tentación? Quizás se trata de las mismas tentaciones que sufrió Jesús al comienzo de su ministerio, luego de que fuera bautizado por Juan el bautizador. La tentación de usar su poder para él mismo, en beneficio propio, egoístamente. Le debemos pedir a Dios que nos libre de esta tentación, la tentación de mirarnos el ombligo sin siquiera poder ver a quienes nos rodean. La tentación de usar todas nuestras habilidades, poderes y conocimientos en beneficio propio, sin pensar nunca en el otro, en la otra, en sus necesidades, sus angustias, su dolor.
Mas líbranos del mal: Esta expresión de la oración que enseña Jesús a sus discípulos, pareciera darnos la idea de que el mal nos quiere atrapar y el Padre es quien nos debe librar. Se hace evidente que el mal no es algo lejano y distante, sino algo que está muy cerca nuestro. Tan cerca que puede aparecer en nuestras relaciones laborales, en nuestras familias o, incluso,  en nuestra iglesia. Utilizando la misma palabra tenemos que decir, aunque suene feo, que cuando el mal nos atrapa terminamos siendo de maldición para otros y otras. Ese es el peligro. Por eso le pedimos a Dios que nos libre del mal, ese mal que opera en medio nuestro, al que a veces le damos permiso.
Para ir terminando, quiero referirme brevemente a los tres verbos que Jesús utiliza en su reflexión acerca del amigo o el padre que responde al pedido de su amigo o su hijo respectivamente. Jesús dice: pidan, busquen y llamen (a la puerta). Es muy interesante que sólo el primer verbo es fácilmente relacionable con la oración: pedir. Es lo que hacemos la mayoría de las veces. Sin embargo los otros dos verbos, buscar y llamar, hacen referencia a acciones que no son fácilmente aplicables a la oración. Sino todo lo contrario, a nuestro accionar en la vida diaria. De alguna manera, es interesante rescatar que la oración debe ir acompañada de la acción. No alcanza con sólo orar. Por ejemplo, no alcanza pedir a Dios que cada uno tenga pan. Debo involucrarme para que otros puedan tener pan, quizás buscando quienes me ayuden a conseguir pan para esos otros, quizás llamando a puertas para cambiar la realidad de aquellos y aquellas que no pueden tener pan.

Quiera Dios que cada vez que pronunciemos esta oración lo hagamos sabiendo y recordando lo que implica. Y que nuestra oración sea honesta y verdadera. Sea oración acompañada de la acción. Que el Señor nos bendiga, Amén. 

P. Maximiliano A. Heusser
Córdoba, Argentina. 

martes, 21 de junio de 2016

Predicación

P. Maximiliano A. Heusser
5° Domingo de Pentecostés – 19 de Junio del 2016

Leer: 1 Reyes 19:1-4, 8-15a – Gálatas 3:23-29 – Lucas 8:26-39

¿Qué nos llama la atención de este pasaje del Evangelio? ¿Qué nos asombra? En nuestro pasaje de Lucas, vemos claramente que Jesús cumple lo que dijo que vino a hacer a la tierra (Lc 4:18-19). El ministerio de Jesús inaugura el Reino de Dios trayendo a nosotros y nosotras sanidad, liberación y vida plena.
Hemos hecho referencia muchas veces a las enfermedades en el tiempo bíblico advirtiendo lo que se pensaba sobre ellas. Por un lado se relacionaba la enfermedad con el pecado. Se trataba de esta manera, de un castigo de Dios por el pecado propio o por el pecado de los padres o abuelos. Por otro lado, muchas enfermedades eran adjudicadas a la posesión de demonios. De esta manera, los enfermos eran considerados pecadores o hijos/as de pecadores, o simplemente endemoniados. En nuestro pasaje el enfermo es considerado endemoniado. Vale decir, que en muchos casos, las personas enfermas o endemoniadas eran echadas de la ciudad, teniendo que vivir fuera de ellas, con las dificultades y necesidades que esto implicaba. El caso más visible era el de los leprosos, quienes vivían en los márgenes de las ciudades y debían llevar una especie de cencerro colgado que hiciera ruido, para que las demás personas no se acercaran a ellos.
El endemoniado de nuestro pasaje vivía en los sepulcros o en el desierto. Tal era su situación, que muchas veces lo encadenaban y éste rompía las cadenas y se escapaba al desierto. Apenas Jesús llega a esta tierra de los gadarenos (en la rivera opuesta a Galilea), tierra de gentiles, le sale al encuentro este hombre. Está desnudo y los espíritus que lo dominan reconocen a Jesús como el Hijo del Dios Altísimo, y le piden que no los atormente. Lucas nos aclara que dicen esto porque Jesús les ordenaba que se fueran de este hombre. Jesús le pregunta cómo se llama y éste responde: “legión”. Esta palabra no es un nombre de propio sino que se refiere a un grupo de entre 4000 a 6000 soldados romanos. No sólo podríamos interpretar que el gadareno tiene “miles de espíritus malignos”, sino que también podríamos ver aquí una relación entre los espíritus malignos y el poder del Imperio manifestado en una legión de soldados romanos. Como afirma el teólogo Joel Morales Cruz: “ese poder opresor [romano] es conectado con la presencia demoníaca. Jesús tiene autoridad para librar al hombre de los demonios y los manda a entrar a los cerdos”. (1) En estos dos sentidos, podemos afirmar que Dios tiene poder sobre cualquier demonio. De la misma manera, podemos afirmar que Dios, en Jesús, se opone contra todo imperio que quiera someter y aprovecharse de otros pueblos. Y esto no por una cuestión ideológica, sino porque relaciona la opresión de los pueblos y las personas, con la acción del mal en medio de la humanidad.
Otro aspecto que debemos señalar es la actitud de la gente del lugar. El endemoniado en sanado y se lo puede ver vestido y en su juicio cabal. Pero la gente no está contenta ni están organizando los festejos para su conciudadano curado. La gente tiene miedo. Resulta muy interesante esta cuestión. Cualquiera diría que es más fácil tenerle miedo a un endemoniado que rompe las cadenas con las que se lo ata y vive en los sepulcros que tenerle miedo a un muchacho sano y a quien lo sanó. Algunos autores creen que por haber terminado los demonios en los cerdos y éstos ahogados en el lago, la gente tuvo miedo. Otros autores, sin embargo, nos ayudan a pensar en un sentido mucho más profundo. El endemoniado era “el endemoniado del pueblo”. Toda sociedad tiende a establecer algunos parámetros que sirven para organizar la vida de la misma. De esta manera, la mayoría de las personas cumplen estos parámetros y los que no lo pueden hacer son expulsados de la misma. Dejan de estar insertos en la sociedad para ocupar un lugar en el margen. Como el caso ya mencionado de los leprosos. En este sentido, toda sociedad se complace (aunque sea inconscientemente) en tener estos marginados. Porque de alguna manera, los problemas, lo malo, el pecado, los demonios y las enfermedades, las tienen quienes están en ese margen, y no quienes forman parte plenamente de la sociedad. Lo que sucede en nuestro relato del Evangelio, es que al quedar el endemoniado restaurado en su vida la gente se llena de temor. Y el temor surge porque ya no pueden mirar la anormalidad del endemoniado, ni su enfermedad, ni su locura. Y esto hace que se tengan que mirar unos a otros, y la enfermedad, los demonios, y el pecado, ahora puede estar en ellos, en ellas.
Cuando los que están en los márgenes logran entrar en la sociedad, la sociedad tiene temor, porque ahora todos podemos ser señalados, todos podemos estar enfermos, todos podemos tener algún demonio, todos podemos ser pecadores y pecadoras.
Hoy debemos poder hacer el ejercicio de distinguir el poder del Imperio que trae opresión, angustia y sometimiento y a quienes están al servicio de ese poder. Hoy ya no están los romanos y ya no están sus legiones para imponerse. Sin embargo, sigue habiendo quienes proponen someternos a un sistema económico financiero mundial dominado por el capital financiero, donde las decisiones se tomen en función de las ganancias (del capital) y no de las personas y de las vidas humanas. Sigue habiendo quienes pretenden imponer un sistema que privilegie el dinero por sobre la vida. Esto se hace evidente cuando los funcionarios se hacen inexplicablemente ricos por gobernar, supuestamente, para el pueblo que defienden. De la misma manera que se hace evidente, cuando un ministro le pide perdón a los capitales, como si fueran personas perjudicadas, humanizando el dinero y deshumanizando la vida.
Jesús proclamó el Reino de Dios predicando la vida plena para todas las personas y toda la creación. Por ende, el dinero debe estar al servicio de la humanidad y la creación y no al revés. Eso sería dejarse dominar por las fuerzas del pecado y del mal.

Pero también nos toca a nosotros y nosotras hacer el ejercicio de distinguir cuáles son las personas y los grupos que hacen de “nuestros endemoniados”. Cuáles son aquellas personas que necesitamos ver en los márgenes, señalándoles sus demonios, sus enfermedades y sus supuestos pecados, para sentirnos mas buenos, más morales y más cercanos a Dios.
A modo de ejemplo, quiero mencionar que el fin de semana pasado un joven norteamericano entró en un Club nocturno en Orlando, Florida (EE.UU.), frecuentado por latinos en su mayoría gays y lesbianas, y comenzó a disparar. Como resultado de este acto de horror, 48 personas murieron y cerca de 53 resultaron heridas. Gracias a Dios, nuestra Iglesia expresó mediante una carta de nuestro Obispo, “la certeza de que Dios considera a todos como sus hijos, más allá de su condición social, étnica, económica o sexual, y nos llama a trabajar por el cuidado de todas las personas”.
Quiero terminar con una breve reflexión al respecto que compartí por otros medios esta semana:

La sangre de cincuenta muertos clama desde la tierra

“Entonces Jehová preguntó a Caín: -¿Dónde está Abel, tu hermano? y él respondió: -No sé.
¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”. Génesis 4:9
La sangre de cincuenta muertos clama desde la tierra. Quizás pensamos que estamos muy lejos, que esto no pasa ni en nuestro país ni en nuestras ciudades. Pero nos equivocamos, pasa muy cerca nuestro, más de lo que estamos dispuestos/as a asumir.  
La sangre de cincuenta muertos clama desde la tierra. Dios nos pregunta  como a Caín: “¿Dónde están? ¿Qué les pasó?”. Y nosotros contestamos resueltamente: “no lo sabemos, debe haber sido un loco suelto el que los mató”. No nos hacemos cargo del odio, la estigmatización y la discriminación que tantas veces crece en nuestras iglesias y comunidades de fe.  
La sangre de cincuenta muertos clama desde la tierra. Y nosotros queremos ponernos a distinguir si eran cristianos, musulmanes, judíos o ateos… o peor, dentro del cristianismo comenzamos a hacer la distinción entre hijos y criaturas de Dios. Distinción que pareciera justificar para algunos/as,  que haya vidas con distinto grado de dignidad.  
La sangre de cincuenta muertos clama desde la tierra. Clama a Dios, pidiéndole que quienes le adoran sean más como Él y menos como son. Para que cuando hablen de amor al prójimo lo vivan de verdad y para que cuando hablen de misericordia y compasión puedan practicarlas y no se queden sólo en palabras.  
La sangre de cincuenta muertos clama desde la tierra. Esa sangre derramada injustamente nos debe hacer pensar si nuestras comunidades y grupos son lugares donde todas las personas pueden estar y sentirse cómodos/as. O si son comunidades y grupos que luego de decir “bienvenido/a”, realizan comentarios en voz baja por haber entrado una persona de la mano con otra del mismo sexo.   
La sangre de cincuenta muertos clama desde la tierra. Debemos dar respuestas y no debemos quedarnos solo en buenas intenciones. Debemos darnos cuenta que lo que hacemos o lo que no estamos haciendo trae muerte, dolor y espanto. Y el Reino de justicia, amor, verdad y paz en vez de estar cada vez más cerca, se aleja un poco más cada día.  
Quiera Dios que su Espíritu de amor y compasión hecho carne en Jesús, nos movilice y aliente a ser agentes de transformación y cambio en la verdadera búsqueda del Reino de Dios en medio nuestro.    


(1) Joel Morales Cruz, Profesor Adjunto de Teología, Lutheran School of Theology at Chicago - Chicago, Ill. (https://www.workingpreacher.org/preaching.aspx?commentary_id=1702).

martes, 31 de mayo de 2016

Predicación

2° Domingo de Pentecostés – 29 de Mayo del 2016

Leer: 1 Reyes 18:20-21, 30-39 – Gálatas 1:1-12 – Lucas 7:1-10

A partir de este domingo transitaremos sin interrupciones el Evangelio de Lucas hasta finalizar el año litúrgico el tercer domingo del mes de Noviembre. El pasaje que acabamos de leer o escuchar, se encuentra inmediatamente después del llamado “sermón del llano”.
Jesús entra en Capernaúm, la ciudad más grande de Galilea, y allí se nos dice que el siervo (literalmente: esclavo) de un centurión estaba gravemente enfermo, a punto de morir. Un centurión era un soldado romano al mando de un grupo de entre 80 y 100 soldados romanos. La responsabilidad del centurión pasaba por garantizar la “pax romana” y el cobro de los impuestos para Roma. Podía estar al servicio directamente del emperador o al servicio del Tetrarca de Galilea. De nuestro relato, llama mucho la atención el aprecio o cariño que siente el centurión hacia su esclavo. Algunos autores, como Néstor Míguez, afirman que algunos esclavos eran tan eficientes en el cumplimiento de sus labores, que sus amos se acostumbraban mucho a su forma de servirles, no queriendo reemplazarlos nunca. Esta posibilidad explica, de alguna manera, la preocupación y el aprecio del centurión por su esclavo enfermo.
Este centurión escucha hablar de Jesús, seguramente al entrar a la ciudad, y le envía a los ancianos de los judíos para que le pidan que sane a su esclavo (aquí Lucas utiliza la palabra pais en lugar de doulus, que podría ser traducida como siervo o criado). Estos ancianos de los judíos son los dirigentes de la sinagoga de Capernaúm. Lucas nos aclara el por qué de la actitud diligente de estos dirigentes judíos: ellos le dicen a Jesús que el centurión ama la nación y les edificó una sinagoga (Lc 7:5). Este centurión romano, representante y ejecutor de la opresión del Imperio sobre el pueblo judío, supo posicionarse hábilmente como benefactor al construirles una sinagoga. Este “regalo” del centurión implica tácitamente en la comprensión imperial la contrapartida de favores de parte de quienes han sido los acreedores del “regalo” (cualquier similitud con la realidad no es pura coincidencia). Por esto los dirigentes judíos, que han criticado por lo menos dos veces a Jesús en el capítulo 6 por realizar acciones sanadoras o que rompen las costumbres y leyes, ahora le piden a Jesús que le conceda el pedido a un gentil (extranjero) e incluso que vaya a su propia casa quedando impuro, según la tradición. Dicho en otras palabras, cuando se trata de quedar bien y de no perder ningún privilegio, no les importa ni la tradición, ni la ley ni la vida de ninguna de las personas que los rodean.
Algunos autores creen que el centurión podría llegar a ser un prosélito o estar en camino de serlo. Los prosélitos eran los extranjeros que reconocían a Yahvé como Dios, convirtiéndose al judaísmo y siendo incorporados al pueblo de Dios. Aunque es una posibilidad no hay mención de esto en el relato que nos trae Lucas. Diferente es el caso del centurión Cornelio en Hechos 10, quien por el contrario es descripto como un varón “piadoso y temeroso de Dios” (Hch 10:2).
Jesús accede al pedido del centurión realizado por los dirigentes judíos y se dirige hacia su casa. Pero cuando faltaba poco para llegar, el centurión envía otro grupo de personas a hablarle. En este caso no son dirigentes judíos, sino que se trata de sus amigos. Es decir, otros romanos gentiles! Estos le explican a Jesús que el centurión no se considera digno de recibir a Jesús en su casa, pero que sabe, que si Jesús dice la palabra (ordena que se sane) el siervo será sanado. El centurión justifica esto con la “cadena de mando”. Las personas que tienen poder mandan a sus subalternos y estos deben obedecer, porque quienes les mandan son quienes tienen la autoridad. De alguna manera, el centurión confía en que Jesús puede sanar a su esclavo, sin ser necesario estar de cuerpo presente. Si Jesús lo ordena, y realmente tiene poder sanador, su esclavo será sanado. Jesús responde admirado, que ni aún en Israel ha hallado tanta fe. Esta afirmación de Jesús puede ser entendida dentro de las señales de universalidad del mensaje y ministerio de Jesús. De alguna manera, Lucas (el evangelista) tiene en este relato el antecedente para el relato de Cornelio (Hch 10), en donde el Espíritu Santo se derrama con poder sobre los extranjeros presentes en su casa. En nuestro pasaje el milagro lo pide el centurión pero es para otra persona, su esclavo. En el pasaje de Hechos, el milagro del Espíritu Santo lo reciben los extranjeros.
Los principales judíos de la sinagoga merecerían un capítulo aparte. Como hemos dicho, han criticado a Jesús varias veces por no respetar las costumbres y las leyes judías. En un caso sanó a un hombre de una mano seca en la sinagoga en sábado, y la otra, permitió que sus discípulos cosecharan y comieran trigo en sábado. Suficiente para ponerse a pensar qué podrían hacer contra él (Lc 6:11). Sin embargo, cuando el centurión (sea el benefactor que pide su contraparte o sea un prosélito) pide que le hablen a Jesús para que sane a su esclavo, lo hacen sin chistar y sin decir una palabra. ¿Con qué cara habrán ido delante de Jesús? Si tenían algo de vergüenza, deberían haber desaparecido después de ir a ver a Jesús. Este grupo de principales de los judíos de la sinagoga, son ejemplo de lo que debemos evitar. No sólo es un grupo religioso equivocado en su comprensión de las escrituras (como Jesús lo evidenció muchas veces), sino que para no perder sus lugares de seguridad y privilegio, no sólo “borran con el codo lo que escriben con la mano”, sino que se transforman en personajes funcionales al poder opresor romano. Por esto debemos evitar estancarnos en nuestra lectura e interpretación de la Biblia. Utilizo premeditadamente la palabra “estancarnos”, porque en lo estancado no hay vida posible ni bendición para nadie. Debemos tener apertura a quienes piensan diferente, a quienes son diferentes a nosotros y nosotras, para poder enriquecer nuestra mirada, nuestra reflexión y nuestra vida misma.
Jesús es el que siempre nos sorprende. Un grupo abiertamente opositor que está buscando la manera de deshacerse de él viene a pedirle algo, y Jesús accede a su pedido dirigiéndose a casa del centurión. ¿Quiénes de nosotros, cuando viene a pedirnos algo alguien que está en nuestra contra “con el caballo cansado” lo escuchamos atentamente y le concedemos su pedido? ¿Quiénes estamos siquiera dispuestos/as a aceptar algún pedido de quienes piensan distinto de nosotros y nosotras? Pero, además, Jesús accede a ir a la casa de un centurión romano para curar a un esclavo (seguramente extranjero también), quedando impuro por esta acción. Si el centurión no era prosélito, ni siquiera creía en Yahvé… y Jesús los escucha con atención, va de todas formas y concede a la distancia la sanación del esclavo.
En el accionar de Jesús se hace carne el amor de Dios por toda la humanidad. Un amor que llega, incluso, hasta aquellos que no creen en Dios. Un amor que supera sectarismos, supera entendimientos mezquinos, supera comprensiones estancadas y anquilosadas, para llevar vida y vida en abundancia.
El desafío para nosotros y nosotras, cristianos del siglo XXI, es dejar que el Dios de amor manifestado en Jesús, también se pueda manifestar a través nuestro. Un Dios que no deja a nadie afuera, que no excluye, que no hace a un lado, sino que busca alcanzar a todos y todas, llevando vida plena.
El accionar de Jesús pone en evidencia que no cae en las contradicciones humanas que todos tenemos y en las que solemos caer. El accionar de Jesús pone en evidencia que Dios no hace acepción de personas bajo ningún aspecto.
Si queremos imitar a Jesús y queremos que el Dios de amor se revele en medio nuestro, deberemos ser personas y una comunidad inclusiva, amorosa y receptiva para todas las personas. Para esto no nos debe importar la raza de nadie, ni el origen étnico, o la posición económico-social, ni la orientación sexual, ni el género, o los estudios alcanzados, ni ninguna otra cosa.
Si queremos imitar a Jesús, tampoco tendremos que decir que aceptamos a todas estas personas sólo si cumplen una serie de requisitos. Eso no sería Evangelio (Buena Noticia). Jesús no le hizo un listado de requisitos ni a los principales judíos de la sinagoga (que querían deshacerse de Él), ni al centurión, ni al esclavo enfermo. Jesús puso en marcha el amor de Dios que llega para todas las personas, sean como sean, dando vida en abundancia.

Quiera Dios que haya en nosotros esa manera de pensar, esa forma de vivir, ese entendimiento, ese sentir que hubo también en Cristo Jesús, Amén. 
P. Maximiliano A. Heusser

lunes, 15 de febrero de 2016

Mensaje

1° Domingo de Cuaresma – 14 de Febrero de 2016

Leer: Salmo 91:1-2, 9-16 - Deuteronomio 26:1-11 - Romanos 10:8b-13 - Lucas 4:1-13.
Este domingo comenzamos el tiempo de Cuaresma, tiempo de confesión, reflexión y conversión. Es la forma en la que nos preparamos para recordar la Semana Santa.
Este primer domingo de Cuaresma, el texto del Evangelio de Lucas nos invita a reflexionar sobre un momento muy particular en la vida de Jesús. Éste acaba de ser bautizado en el Jordán (Lc. 3:21ss), acaba de descender sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, y acaba de escuchar a Dios Padre afirmándolo como su hijo amado, en quien se complace. Y es el mismo Espíritu que ha descendido sobre él, quien lo lleva al desierto por cuarenta días.
El desierto está cargado de significación para el pueblo de Israel, porque allí estuvieron cuando Dios los liberó de la opresión en Egipto. Allí tuvieron diferentes tentaciones, se alejaron de la voluntad de Dios, reconocieron su falta y Dios los perdonó una y otra vez.
Jesús estuvo cuarenta días allí. El número cuarenta nos remite también a los años que estuvieron en el desierto en búsqueda de la tierra prometida, pero también nos remite a Moisés y a la cantidad de días que estuvo en el monte cuando escribió los diez mandamientos en las tablas de piedra (Éxodo 24:18).
En estos cuarenta días en el desierto Jesús es tentado por el diablo. De alguna manera, estas tres tentaciones que registra Lucas, son algunas de las tentaciones que podrá vivir Jesús a lo largo de su ministerio. Aparecen juntas en este pasaje, y al vencerlas, Jesús está listo para comenzar su misión.
El sacerdote y biblista español, José Antonio Pagola, afirma  en su comentario sobre este pasaje, que las tentaciones de Jesús no son morales. Son, afirma: “planteamientos en los que se le proponen maneras falsas de entender y vivir su misión. Por eso, su reacción nos sirve de modelo para nuestro comportamiento moral, pero, sobre todo, nos alerta para no desviarnos de la misión que Jesús ha confiado a sus seguidores”.
Cuando nosotros pensamos en las tentaciones, solemos pensar en tentaciones de tipo moral: Caí en tentación y me robé algo que tenía al alcance de la mano, caí en tentación y dije una mentira, caí en tentación y le fui infiel a mi pareja, caí en tentación y le falté el respeto a alguien con quien estaba conversando… tentaciones de tipo moral.
Las tentaciones que enfrenta Jesús son mucho más significativas, porque los alcances y las consecuencias de caer en ellas, afectan la vida completa y la salvación de todas las personas –incluídos nosotros/as- y del mundo entero. Porque lo que envuelve estas tres tentaciones es alejarse completamente de la voluntad y de la misión de Dios.
En la primera tentación, cuando Jesús tiene hambre, el diablo lo tienta a convertir las piedras en pan. Jesús, citando la escritura, le dice que no sólo de pan vivirá el hombre (Dt. 8:3). El diablo tienta a Jesús a utilizar su poder en beneficio propio. La lógica del mal indica que cuando se tiene poder debe ser usado en beneficio propio. La lógica de Dios, es que el poder debe ser usado en beneficio únicamente de los demás. Por eso Jesús sólo va a multiplicar los panes para calmar el hambre de la multitud (Lc. 9:10ss).
En la segunda tentación, el diablo lo lleva a un alto monte y le muestra todos los reinos de la tierra, que para ese entonces, podría ser todo el imperio romano. El diablo le dice: todos estos reinos y su gloria serán tuyos si te postras y me adoras. Jesús nuevamente contesta citando la Escritura (Dt. 6:13), “Al Señor, tu Dios, adorarás y sólo a él servirás”. El diablo tienta a Jesús a poseer el poder del imperio, que se impone por la fuerza, con opresión, con injusticia, con falta de misericordia. El poder en el imperio siempre vela por el imperio mismo, nunca por las personas que lo forman. En la lógica de Dios, el poder de Jesús está en el servicio a los/las demás, no sirviéndose de ellos, sino sirviéndolos a ellos.
En la tercera y última tentación, el diablo lo traslada una vez más. Ahora lo lleva al Templo de Jerusalén y lo para sobre el pináculo, que era la parte más alta. Allí lo tienta a tirarse para demostrar que es el Hijo de Dios, porque “Dios mandará a sus ángeles para que lo guarden”, citando la Escritura (Salmo 91:11-12). Jesús le contesta citando también la Escritura: “no tentarás al Señor, tu Dios” (Dt. 6:16). El diablo tienta a Jesús a demostrar en forma teatral y dramática que es el Hijo de Dios. El diablo busca el éxito fácil y la ostentación. En la lógica de Dios la gente debe descubrir en Jesús al Hijo de Dios. En esa misma lógica, las palabras, acciones y los gestos de Jesús, deberán ser entendidos como las señales del Reino que es inaugurado en Jesús. Un Reino que se abraza, que se recibe, que se espera, pero que nunca se impone.
Estas tres tentaciones que Jesús supera y vence, nos tienen que ayudar a pensar no sólo nuestra vida en cuanto a las tentaciones morales –como dijimos en un comienzo- sino también a las tentaciones de alejarnos de la voluntad de Dios y de la misión que Jesús nos legó.
1. En cuanto a la primera tentación, debemos revisar nuestras oraciones y cuántas veces pedimos que Dios intervenga en nuestro favor. O en la misma línea, cuántas veces le pedimos por nuestras necesidades: “Señor, necesito…”, “Dios mío, te pido que me des…”, “Señor, dame más”… Nuestra preocupación y oración no debe estar centrada en nosotros mismos, sino que debe estar enfocada en las necesidades de los otros. Porque la misión a la que somos llamados y llamadas es ser luz y sal para los demás, no somos llamados a encerrarnos en nosotros mismos.
2. En cuanto a la segunda tentación, debemos revisar la manera en la que ejercemos la cuota de poder que tenemos. Todos tenemos un poco de poder. A veces influimos en otros (amigos o familiares) y eso demuestra un poder, y hay que ser cuidadoso. Algunos tenemos cierto poder en el trabajo porque tenemos empleados o personal a cargo. Debemos revisar cómo usamos ese poder. ¿Lo ejercemos desde el servicio o desde el servirnos?
A nivel social también tenemos una cuota de poder. La ejercemos cuando votamos, cuando nos manifestamos públicamente, cuando expresamos a viva voz nuestras ideas. Allí también tenemos que ser cuidadosos y responsables, revisando si ejercemos ese poder en beneficio de nuestros intereses o en beneficio de los intereses del pueblo.
En la Iglesia también tenemos cuotas de poder. Los pastores o líderes congregacionales tenemos lo nuestro. A veces influimos en los grupos que acompañamos y tenemos que ser responsables, no cayendo en la tentación de buscar nuestro beneficio. Otras veces habemos personas con poder que no ocupamos ningún lugar de liderazgo, pero que sin embargo, somos escuchadas, respetadas y valoradas por otros. En ese caso, también tenemos que ser cuidadosos y no caer en la tentación.
3. En cuanto a la última tentación, tenemos que revisar otra vez nuestras oraciones y nuestra manera de entender la acción de Dios en medio nuestro. He escuchado en más de una oportunidad, personas que ante una situación muy difícil afirman: “esto malo es para la gloria de Dios”. Planteando que lo malo sucede, para que cuando Dios actúe en beneficio de la persona que está padeciendo, se pueda ver la gloria de Dios. Algunos justifican esta idea, por ejemplo, en el relato de la sanación del ciego de nacimiento (Jn. 9:1ss), o en la resucitación de Lázaro (Jn. 11), porque Jesús utiliza palabras similares. Muchas veces pretendemos que Dios se manifieste teatral y dramáticamente, y esta no es la voluntad de Dios.
Por otro lado, también esta última tentación nos ayuda a ver que el diablo también conoce la Escritura. Por eso, los creyentes también debemos ser cuidadosos cuando la citamos. Afirma el comentario del Servicio Bíblico Latinoamericano: “La Escritura mal citada, o mal leída, también puede ser diabólica, o idolátrica”.
En las tres tentaciones vencidas y superadas por Jesús, vemos cómo el ser humano puede hacer la voluntad de Dios. Jesús es el ejemplo de que cualquiera de nosotros y nosotras puede casi cumplir totalmente la voluntad de Dios. Jesús “no se hizo el sota”, “no se hizo el distraído”, “no miró para otro lado” cuando Dios lo llamaba. Jesús también entendió que su misión no pasaba por él mismo o sus propios intereses, sino que la misión pasaba por la gente, por los demás, por los otros.
Que en esto tiempo de Cuaresma que comenzamos, tiempo de confesión, reflexión y conversión, podamos reflexionar en esto. Que el Señor nos bendiga, Amén.

P. Maximiliano A. Heusser

Córdoba, Argentina

miércoles, 28 de octubre de 2015

Predicación

22° Domingo de Pentecostés – 25 de Octubre de 2015
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Marcos 10:46-52.
El texto del Evangelio para hoy, otra vez nos ubica en el camino. Camino que lleva a Jesús a Jerusalén a enfrentar su pasión, muerte y resurrección, como ya lo ha anunciado varias veces. Jesús y sus discípulos salen de Jericó y son seguidos por una multitud. Esta multitud puede estar compuesta por muchas de las personas que –habiendo escuchado en sus respectivos lugares a Jesús- van en dirección a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Muchos de ellos seguramente vienen del norte por la ruta del Jordán, incluso desde la misma Galilea. Se da a entender que esta multitud está siguiendo a Jesús y a sus discípulos.
En ese camino en las afueras de Jericó había un ciego que mendigaba que se llamaba Bartimeo. Marcos nos aclara que el nombre significaba “hijo de Timeo” (bar-Timeo). Algunos biblistas remarcan que este ciego ni siquiera tenía un nombre propio. Era “el hijo de”. Por otro lado, se señala que mendigaba. Esto nos ayuda a entender la situación en la que se encontraban las personas con alguna discapacidad. Muchos de ellos no eran apoyados por sus propias familias, y por su dificultad para trabajar, terminaban pidiendo la ayuda de la gente que pasaba por el camino. No sólo tenían que vivir con su dificultad, sino que tenían que vivir con el rechazo de su familia y de una sociedad que los marginaba.
Bartimeo escucha que Jesús está pasando por el camino muy cerca de él. Seguramente ha escuchado a varias personas hablar de Jesús y de lo que puede hacer. Por eso decide salir del anonimato y el silencio y empieza a gritar a viva voz: “Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí”. Bartimeo reconoce en Jesús al Mesías, al enviado de Dios, que será –según la tradición- rey justo y misericordioso. Bartimeo no está dispuesto a que el paso de Jesús tan cerca suyo no le sea beneficioso, es decir, no le sea de bendición. Por eso grita sin miedo, con fuerza, para que Jesús lo escuche y lo atienda. En ese grito está la angustia de haber tenido la vista y ahora no tenerla, la angustia de haber sido dejado de lado por los suyos, de haber perdido la posibilidad de trabajar, de tener una vida digna, de ser parte de la sociedad. Todo eso estaba contenido en el grito “Jesús, hijo de Dios, ten misericordia de mí”.
Es muy interesante que hubiera muchas personas dispuestas a silenciar a Bartimeo. Si alguien estaba en una situación desfavorable y necesitada en medio de toda esa multitud era Bartimeo. Pero porque levanta su voz y reclama ser atendido por Jesús, es silenciado y reprendido por muchos. Los reclamos de los que sufren, de los marginados, de los más débiles, de los más desfavorecidos, muchas veces no se quieren escuchar. Y esto puede ser porque molestan a los que están “tranquilos”, porque incomodan a los “cómodos”, porque exhortan a los de “corazones duros” y denuncian la apatía y pasividad de tantos y tantas.
Jesús escucha a Bartimeo, se detiene en el camino y pide que lo llamen. Y las personas que le dicen esto a Bartimeo lo animan diciéndole que tenga confianza, que se levante, porque Jesús lo quiere ver. El Hijo de David ha escuchado el clamor del pobre Bartimeo. Aquí debemos destacar el contraste entre aquellos que silencian a Bartimeo, de estos otros, que transmiten confianza y ánimo. Nos queda la duda de cuáles de estas dos actitudes será la de los discípulos. ¿Quiénes son los que callan a Bartimeo? ¿Quiénes son los que alientan y dan confianza a Bartimeo?
Bartimeo, al escuchar que Jesús lo llamaba, tiró su túnica y de un salto se puso de pie yendo hasta donde estaba Jesús. Es de destacar la actitud de Bartimeo. Tira la túnica, algunos autores sostienen que lo hace para estar más libre para hablar con Jesús, otros autores sostienen que lo hace para no tener nada que lo distraiga, otros creen que usaba la túnica para guardar las limosnas recibidas, y deja eso de lado por encontrarse con Jesús. Bartimeo de un salto se pone de pie. Estaba contento y plenamente dispuesto a ese encuentro con Jesús, que anhelaba, le cambiara la vida para siempre.
Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?”, y Bartimeo respondió: “Maestro [raboni] que recobre la vista”. Bartimeo reconoce en Jesús a un Maestro, utilizando la palabra que los discípulos le daban a quien les enseñaba y los guiaba. Por otro lado, Bartimeo tiene que expresar en voz alta lo que lo aqueja, lo que necesita, lo que espera que Jesús haga en él. Desde la psicología se anima a las personas a poner en palabras los pensamientos, los sentimientos, las alegrías y las penas, porque es una manera de empezar a procesarlas, a trabajarlas y finalmente, a superarlas.
La mayoría de los biblistas coinciden señalando que Jesús no hace ningún rito para la sanación. No hace barro ni le unta los ojos, no lo manda a bañarse en un estanque, ni toca sus ojos con sus manos, no ora a gran voz mirando el cielo, simplemente le dice: “vete, tu fe te ha salvado”. De alguna manera, Marcos no pone el acento en el milagro en sí mismo, sino en la fe de Bartimeo que posibilita recibir este don de parte de Jesús.
Al instante, nos dice el relato, Bartimeo recobró la vista y seguía a Jesús por el camino. El relato empezó en el camino y termina en el camino. La diferencia es que ahora Bartimeo es parte de la multitud que sigue a Jesús camino a Jerusalén.
Los diferentes domingos anteriores hemos notado la dificultad de los discípulos de entender a Jesús. Son discípulos que lo siguen pero no lo entienden, lo siguen pero tienen la cabeza en otras cosas. Bartimeo recobró la vista y se podría haber quedado en Jericó y recuperar así su vida. Sin embargo, Bartimeo, encuentra en Jesús algo más. Sus gritos de “Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí”, no fueron sólo palabras. Ese encuentro con el Maestro que lo sana/salva, lo transforma también en discípulo, dispuesto a empezar de nuevo con Jesús. Jesús y Bartimeo están en el camino a Jerusalén.
Este relato es casi una parábola en el sentido de que no permite ubicarnos en los diferentes roles de los personajes presentes. En cada caso, tendremos observaciones que hacer y cuestiones que reflexionar.
1. En primer caso, podemos identificarnos con el ciego. Con alguien que está padeciendo una determinada situación y quiere restablecerse. Es alguien que está en las tinieblas en más de un sentido. No puede ver, pero tampoco puede ver una vida con sentido, siendo dejado de lado, no pudiendo insertarse plenamente en la sociedad, estando alejado de su familia y puesto al margen del camino por la sociedad en la que vive. Si nos identificamos con Bartimeo en su padecimiento, también debemos identificarnos en su esfuerzo por salir de esa situación, gritando para que Jesús lo escuche, aún enfrentándose a quienes quieren callarlo y lo reprenden.
2. En segundo lugar podemos identificarnos con los que reprenden y mandan a callar a Bartimeo. Seguramente nos parece un grupo de gente intolerante entre la que, obviamente, no nos encontramos. Pero, hagamos el esfuerzo, quizás tengamos actitudes similares. Este grupo parece sentir que no es el momento de interrumpir a Jesús en el camino (como si Bartimeo tuviera otra oportunidad). Este grupo no se detiene en Bartimeo ni en su necesidad. Quizás, sentían que estaban atrasados para llegar a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y querían que Jesús apurara su paso. Son videntes que no ven. No ven a Bartimeo, no ven su sufrimiento, no ven lo que padece y cómo necesita éste de Dios. Quizás hasta creen que su ceguera es producto de su pecado y no quieren saber nada con él ni que esté cerca de ellos. No tienen ni tiempo ni ganas de escuchar el clamor de un necesitado.
3. En tercer lugar podemos detenernos en aquellas personas que llaman a Bartimeo y le dicen que tenga ánimo y confianza porque Jesús lo llama. Estas personas, por lo menos, ven a Bartimeo y lo ven con empatía,  aprobando que Jesús se detenga en su camino para atenderlo. Estas personas le dan confianza a Bartimeo, lo animan a levantarse de su lugar de mendigo al costado del camino. Estas personas son las que no sólo ven la realidad de Bartimeo (su ceguera y su pobreza), sino también –de alguna manera- lo que Jesús puede hacer en su vida. Tienen una mirada esperanzadora sobre la realidad, aunque ésta sea difícil y parezca imposible de cambiar.
El camino es en el relato del Evangelio el lugar de la inclusión, de la apertura, del encuentro con el otro y la otra, en la búsqueda de la vida abundante y digna para todos. El camino es el lugar donde Jesús hace carne el Reino de Dios.
- Desde el camino se advierte que hay personas que están en “la banquina”, que por diversos motivos no pueden acceder. Ellos claman, piden, añoran, buscan…
- En el camino también hay algunos y algunas que prefieren ser pocos a estar “mal acompañados”, como dice el refrán. Ellos señalan, juzgan, etiquetan, ven sin ver…
- En el camino hay también –y gracias a Dios- quienes buscan ser imitadores e imitadoras de Jesús, que escuchan, que atienden, que tienden la mano, que levantan caídos, que buscan soluciones, que celebran la vida…

Quiera Dios que cada uno de nosotros y nosotras podamos reflexionar sobre nuestra propia vida de fe y sobre qué grupo nos representa, según nuestras actitudes y elecciones, nuestros gestos y nuestras palabras. Quiera también Dios, ayudarnos a reflexionar como comunidad de fe, para que podamos discernir en qué lugar del camino estamos y con quiénes hemos elegido caminar. Que el Señor nos bendiga, Amén. 

martes, 20 de octubre de 2015

Predicación

21° Domingo de Pentecostés – 18 de Octubre de 2015
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Job 38:1-7, (34-41) - Hebreos 5:1-10 - Marcos 10:35-45

El texto del Evangelio de hoy nos habla de la realidad humana, de nuestra forma de ser, de nuestros valores, de lo que para nosotros es importante.
Es sabido que la ubicación al lado de una persona importante no es una cuestión menor. Si viniera a nuestro Culto el Intendente, decidir quién se va a sentar a su lado, seguramente no sería una cuestión menor. Es muy probable que algún responsable de protocolo nos sugiriera que la Presidenta de la Junta Directiva se sentara a su lado (porque junto al Pastor parecen las personas más importantes de la comunidad).
Pero estas cuestiones no se dan solamente en relación a lo político. Si pensamos en una fiesta de casamiento o de 15 años, también va a haber una mesa de “privilegiados” que se sientan con los agasajados. Son, como dice el Evangelio en otro lugar, los primeros lugares…
En el relato se hace evidente que los discípulos no entienden del todo a Jesús. De hecho, Jesús acaba de anunciar su muerte con lujo de detalles (10:32-34) y estos dos hermanos piden posiciones de privilegio en su gloria. Piden estar en los lugares reservados para los honrados y para los que secundan en autoridad y poder al que está sentado en el trono.
Por otro lado, también debemos señalar que el pedido es tramposo, piden que Jesús diga que sí, sin hacerle primero el pedido. Es como cuando los chicos dicen: “te voy a pedir algo, ¿Me vas a decir que sí?”. De alguna manera, buscaban condicionar una respuesta positiva de parte de Jesús. La intención es desarticulada por la respuesta de Jesús. En un comentario a este texto de Pablo Rojas Banuchi, éste sostiene la necesidad de repensar nuestras oraciones a Dios, y cómo muchas veces, oramos condicionando a Dios para que sólo nos responda afirmativamente. Muchas veces nuestra oración se parece mucho al pedido de estos dos hermanos.
También hay que decir que este planteo nos muestra que Jacobo y Juan son tremendamente egoístas, sólo piensan en ellos dos, ni siquiera en alguno de los otros discípulos. La preocupación es por ellos. Los dos hermanos quieren obtener beneficios de parte de Jesús. Esta lógica es aquella que postula que quien es cercano a alguien poderoso se beneficiará por ello. Estará en una situación de ventaja ante las demás personas. Esta lógica que relaciona el poder y el privilegio, es la misma que llega hasta los poderosos y sus amigos en nuestros tiempos. Esta lógica utilizada por Jacobo y Juan es la misma que en la actualidad acomoda licitaciones, que no hace concursos para cubrir cargos, que no es clara con el destino de los fondos económicos, en la que amigos y familiares son designados es puestos de responsabilidad. La lógica que relaciona el poder y el privilegio.
Jesús les dice que ellos no saben lo que están pidiendo. El pastor y conferencista centroamericano Harold Segura, sostiene que “quien habla con Dios (oración) debe, primero, conocer lo que ese Dios busca y desea (discernimiento). Quien ora centrado en su propia voluntad, convierte la oración en un burdo medio para promocionar sus propios intereses. Estos, como Santiago y Juan, ‘no saben lo que están pidiendo’”. Otra vez se nos anima a repensar y analizar la manera en la que oramos, sobre todo, lo que pedimos a Dios en oración.
Jesús les dice que ellos pueden hacer varias cosas como él, pueden beber de su copa y pueden recibir el mismo bautismo. Sin embargo, los lugares a su derecha y a su izquierda ya han sido pensados para otros. Sobre beber su copa y recibir su bautismo, los biblistas coinciden en que es una alusión de Jesús a las consecuencias de su ministerio, especialmente en lo que respecta a su pasión y muerte. Es decir, que mientras Jacobo y Juan quieren sentarse en los mejores lugares accediendo a todos los privilegios por estar al lado de Jesús, él les contesta que lo que pueden tener y vivir a su lado tiene que ver con el anuncio que les acababa de hacer (10:32-34).
Otra vez se pone de manifiesto la distancia enorme que existe entre los discípulos y Jesús. Hay una dificultad evidente de entender la propuesta del Reino que trae Jesús. Es interesante notar que si esta dificultad la tenían aquellos que caminaban con Jesús, que lo escuchaban a diario, que convivían con él, mucho más la tendremos nosotros y nosotras, que reflexionamos y buscamos entenderlo 2000 años después.
Los diez discípulos restantes se enojaron con Jacobo y Juan. Marcos, el evangelista, no nos aclara la razón del enojo de los diez. Quedándonos en el campo de la imaginación podemos plantear –por lo menos- dos posibilidades: la primer posibilidad es que los diez hayan entendido lo desubicada y alejada de la voluntad de Dios de la propuesta de Jacobo y Juan. Esta posibilidad deja “bien parados” a los diez y nos anima a pensar que la mayoría de los discípulos entendían a Jesús. Ahora bien, la segunda posibilidad es que los diez se hayan enojado porque ellos también querían estar al lado de Jesús en su gloria, y Jacobo y Juan se les adelantaron (los “primerearon”, diría un cordobés). Esta posibilidad no deja muy bien parados a “los doce”. Jacobo y Juan son casi representantes del sentir general de los discípulos.
Jesús les dijo que los que gobiernan las naciones se enseñorean de ellas y ejercen su poder sobre los demás. Jesús hace, de esta manera, una crítica a aquellos gobernantes que ejercen su poder sobre los demás y los oprimen. En 1 Samuel 8:11-18, cuando el pueblo de Israel pide tener un rey como tienen los demás pueblos, encontramos la crítica más aguda y profunda a esta manera de ejercer el poder y la autoridad. En esa línea profética se ubica Jesús. La propuesta del Reino de Dios no tiene nada que ver con esa manera de ejercer el poder y oprimir a los demás. El Reino propuesto por Jesús es un Reino liberador.
Esto se confirma cuando Jesús les dice: “No será así entre ustedes”. El que quiera hacerse grande, será servidor de todos. Jesús deja bien en claro que la intención de Jacobo y Juan es totalmente incorrecta. En primer lugar, la relación entre el poder y los privilegios no tiene lugar en el Reino de Dios. Esa lógica y manera de ver y entender el mundo, no tiene nada que ver con el Reino de Dios. En el Reino de Dios los únicos que pueden llegar a ser privilegiados son aquellos que no tienen ningún poder. Son los “último orejones del tarro”, aquellos que Jesús pone en primer lugar. Son los marginados con los que nadie se quiere juntar, los señalados como pecadores e inmorales,  los presuntamente alejados de la buna voluntad de Dios. Esos son los privilegiados en el Reino de Dios. En segundo lugar, lo que también queda claro es que los discípulos –y en ellos pensamos en todos aquellos y aquellas que quieren seguir a Jesús- deben ser servidores de los demás. Es decir, deben estar al servicio de los demás. En este sentido, debemos recordar que los cristianos debemos estar al servicio de los demás. Nuestras prácticas, nuestras actividades, nuestros gestos, nuestras ideas, deben estar al servicio de los demás.
Jesús ha sido ejemplo vivo de no venir a ser servido, sino de venir a servir. A ese Jesús que dejó su lugar de privilegio para hacerse ser humano es a quien seguimos. Ese Jesús que se juntó con los “no santos” es a quien estamos llamados y llamadas a seguir.

Quiera Dios renovar en nosotros su Espíritu Santo, para asumir el desafío de imitarlo en nuestros contextos, en nuestras realidades, siendo discípulos y discípulas que sirvamos (en todos los sentidos) a la sociedad de la que formamos parte. Que el Señor nos bendiga, Amén. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Predicación

15° Domingo de Pentecostés – 06 de Septiembre de 2015
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Salmo 125, Isaías 35:4-7ª, Santiago 2:1-10, (11-13), 14-17, Marcos 7:24-37.
La primera parte del pasaje del Evangelio de Marcos (Marcos 7:24-29) nos presenta a Jesús en el extranjero. Jesús está en suelo absolutamente gentil (no judío). No es el lugar en el que un judío se sentía cómodo, sobre todo, pensando que los judíos se consideraban muy superiores a cualquier otro pueblo, porque ellos tenían al Dios verdadero, y los otros pueblos, a dioses paganos.
Jesús entra en una casa. Asumimos que es gente que ha escuchado, quizás por viajantes, algo acerca de Jesús y de todo lo que hace. Rápidamente se difunde su presencia en ese lugar. Una mujer del lugar (sirofenicia), al escuchar de él, lo va a buscar y se mete en la casa. Allí, postrándose a sus pies, le pide que eche fuera el demonio que está dentro de su hija.
Jesús utiliza una imagen fuerte, y bastante dura, para afirmar que primero deben recibir “el pan” los judíos (los hijos) y después los extranjeros (los perros). En esta imagen se hace evidente el pensamiento de superioridad que tenían los judíos con respecto a los demás pueblos.
La mujer le dice con mucha astucia que aún los perros comen debajo de la mesa las migas que caen al suelo. De alguna manera, haciéndole entender que ella (y su hija) pueden recibir aunque sea algo de Él.
Jesús parece estar de acuerdo con el planteo y le dice que por esta respuesta (esta palabra) el demonio ha dejado a su hija. La mujer vuelve a su casa y comprueba que su hija ya está bien.
Resulta muy interesante -pensando en esta primera parte del pasaje- que Jesús está en el extranjero y no sólo pasa circunstancialmente por allí, sino que también se queda en casa de alguien (extranjero?). Seguramente las costumbres son distintas, las normas son otras, las leyes son diferentes. Jesús acepta convivir con personas diferentes a cualquier judío.
Aquí podemos llegar a ver una actitud “abierta” de Jesús hacia los extranjeros. Un Jesús que se coloca en la misma línea que muchos profetas que plantearon la idea universal de pueblo de Dios, no limitándose al Israel elegido de Dios, sino siendo mucho más abarcativos.
Cuando Jesús comienza a dialogar con la mujer sirofenicia, parece echar por tierra lo que acabamos de plantear. Compara a los judíos con los hijos y a los extranjeros con los perros. Una de las expresiones más duras de Jesús en los Evangelios, y la más dura no dicha a escribas y fariseos. La mujer, con mucha determinación, insiste. Jesús valora su respuesta y opera el milagro a la distancia.
La teóloga argentina Marisa Strizzi, agrupa las diversas interpretaciones sobre este pasaje que se han dado a lo largo de los años:
1. Algunos autores sostienen la posibilidad de que Jesús se estuviera haciendo el gracioso con esta mujer, alivianando así, la gravedad de la respuesta de Jesús, que dicho sea de paso, fue bastante antipática. Con esta “humorada”, Jesús prueba la fe de la mujer, y ésta saliendo airosa recibe el favor de Dios para con su pequeña hija.
2. Otros autores afirman como posibilidad, que Jesús hiciera uso de sus ventajas sociales, culturales y religiosas, sobre esta mujer. El varón judío, maestro y sabio, desestima a una mujer sola, quizás viuda, extranjera y pagana. En esta posibilidad se valora enormemente la respuesta de la mujer que ubica a Jesús en su lugar y logra que éste la respete y le conceda la liberación a su hija.
3. Finalmente, otros autores postulan la posibilidad de que la mujer sirofenicia fuera rica. De esta manera, justifican la respuesta de Jesús considerando que siempre prefirió estar rodeado de pobres y marginales y no de gente acomodada y de buena posición. En esta posibilidad, también es bien valorada la respuesta de la mujer, que abandona su lugar de privilegio y se inclina ante el único que cree que le puede sanar a su pequeña hija, aunque sea carpintero, judío y “pagano” (adoraba a otro Dios, Yahvé).
Con cualquier interpretación que nos quedemos, debemos advertir que lo que posibilita la acción liberadora de Jesús, es la insistencia, fe y tozudez de la mujer sirofenicia. Una mujer que se inclina ante Jesús, reconociendo que sólo él puede ayudar a su hija. En segundo lugar, lo que debemos advertir es que la misericordia y la acción salvadora del Dios encarnado, Jesús, sale de los límites de Israel y llega hasta los completamente distintos, los otros.

Pasando a la segunda parte del pasaje del Evangelio (Marcos 7:31-37), podemos ubicar a Jesús en la zona romana. Es también territorio gentil. Allí le traen a un sordomudo para que lo sane. Debemos señalar que este hombre es traído por otros. Pueden ser familiares, amigos, vecinos. Se trata de personas que querían que Jesús obrara un milagro en él. Este grupo de gente le ruega a Jesús que ponga sus manos sobre él. La imposición de manos era una señal de bendición. Jesús se lleva a este hombre aparte, le mete los dedos en los oídos, escupe y toca su lengua. Luego mirando al cielo gime y le dice al hombre: “abrite”. Al momento nos dice Marcos, se le abrieron los oídos y se le desató la lengua y hablaba bien.
Jesús les pide a todos que no cuenten esto y la gente no podía contenerse y lo contaban a todo el mundo. Por esto decían: “hace todo bien, hace a los sordos oír y a los mudos hablar”.
Resulta muy interesante detenernos en las personas que le traen a Jesús este hombre sordo y tartamudo. Se ve un interés legítimo en cambiar su situación de vida. Se busca ayudarlo a vivir más plenamente, realmente esperan que Jesús cambie su situación. Este grupo busca que este hombre acceda a todas las condiciones necesarias para vivir una vida digna y abundante. Esta debiera ser nuestra actitud cuando oramos por otros y otras. Deberíamos involucrarnos, movernos, organizarnos, para cambiar la realidad de alguien, pidiéndole a Dios que en su misericordia, obre en su vida. Este grupo intercede desde la misma acción que llevan adelante, buscando que el hombre sea sanado por Jesús.
También resulta interesante poner nuestra atención en este hombre. Se trata de un hombre sordo y tartamudo. No escucha y no puede hablar bien.
El Pastor Guido Bello reflexiona sobre este pasaje sugiriendo entender esta sanación como metafórica. ¿Quiénes son o somos los sordos? ¿Quiénes son o somos los que no podemos hablar?
Me animo a pensar que los sordos hoy, por ejemplo, son los terratenientes que en el norte argentino y en tantos otros lugares, se han quedado con tierras que no les pertenecían, no reconociendo que ya había personas en esos campos. Sordos que no escuchan ni quieren escuchar el clamor del pueblo de la tierra.
Me animo a pensar que sordos también son aquellos que engañan mujeres en distintos lugares del país, llevándolas engañadas a otras provincias y obligándolas a prostituirse perdiendo el contacto con sus familias, viviendo explotadas. Sordos que no quieren escuchar…
Sordos también son aquellos que no escuchan el clamor de millares de africanos que huyen de sus países pidiendo asilo y poder vivir en paz.
Sordos también son aquellos que en nuestra ciudad no escuchan el reclamo de los jóvenes que viven en los barrios marginales, que son sistemáticamente detenidos por la policía de nuestra provincia por “portación de rostro”, escudándose en el controvertido Código de Faltas. Sordos que no quieren escuchar…
Sordos son todos los políticos y los funcionarios que en los distintos niveles del Estado no hacen nada pudiendo hacer mucho por estos reclamos. Sorda es la Iglesia cuando permanece al margen de los reclamos de su pueblo. Sorda y ciega la sociedad cuando prefiere no escuchar y mirar para otro lado…
Pero Jesús sanó la sordera de este hombre, sus oídos le fueron abiertos, y pudo comenzar a escuchar. Por esto hay Evangelio, buena noticia! Porque Jesús hace todo bien, hace a los sordos oír y a los mudos hablar (Mc 7:37). Dios puede hacer que todas estas sorderas y tantas otras sorderas se puedan revertir. Pero hay que interceder, como los amigos que llevaron a este personaje ante Jesús.
Pero este personaje que es sanado por Jesús, también pudo hablar, también pudo expresarse. Y por esto es bueno que pensemos quiénes necesitan hablar hoy, quiénes necesitan ser escuchados hoy:
Creo que nuestros pueblos originarios nos siguen hablando y nos enseñan a sostener una lucha pacífica, justa, con paciencia y esperanza.
Las mujeres víctimas de Trata de Personas comienzan a tener voz y nos muestran lo terrible que puede ser el ser humano.
Esta semana el clamor de los miles de muertos en el Mar Mediterráneo se pudo escuchar con claridad.
La voz de los jóvenes cordobeses se escucha desde diferentes lugares, aunque siempre desde los márgenes, reclamando justicia, libertad e igualdad.

Jesús se mueve en un territorio que no le es propio. Quizás se siente como “sapo de otro pozo”. No está rodeado de gente como él, todo lo contrario, está rodeado de diferentes, de distintos. Pero en ese lugar ajeno, trae vida abundante, hace el milagro, posibilita la vida digna para esa pequeña niña.
¿Cuál será el mundo extranjero al que tenemos que animarnos a salir? ¿Quiénes serán los diferentes a nosotros/as que siguen necesitando del Señor? ¿Cuáles son “los perros” que necesitan comer las migas que caen de la mesa?
Jesús abre los oídos del sordo y este puede escuchar. Debemos seguir intercediendo, para que los sordos comiencen a escuchar, para que aquellos que pretenden no escuchar a los demás, puedan atenderlos. Y también debemos interceder ante Dios, para que podamos ayudar a levantar la voz de aquellos sin voz, que tienen algo para decir, algo para reclamar. Para que no haya más mudos ni personas que no se puedan expresar.

Quiera Dios que su Palabra cale honde en nosotros, en su Iglesia, en nuestra sociedad y en todo el mundo, para que los sordos oigan y los mudos hablen. Que así sea, Amén. 
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